VIEJA FÁBRICA DE AZUCAR – YAPATERA

SONIDOS DE YAPATERA

El aspecto fantasmal y silencioso de la casa-cooperativa azucarera, hoy completamente abandonada, no debería engañarnos: el ruido de Yapatera es un hecho innegable. Se trata de una bulla rural e intensa, profundamente integrada con el paisaje circundante: ese inconfundible bosque hecho de polvo, de algarrobos y zapotes que fue hermosamente retratado en la mejor literatura piurana. Es la bulla de un pueblo que pasó de ser el activo y pujante centro de una constelación de haciendas, al que estaban articulados pequeños caseríos como el Chulucanas de ese entonces, a un centro poblado cada vez más disminuido y empolvado desde que fuera creada la provincia de Morropón en 1936.

Junto con el canto de las soñas, esas aves pajizas de cola larga que cambian sorprendentemente de nombre entre región y región, suenan desde temprano en Yapatera las conversaciones apresuradas de los estudiantes camino al colegio. Suenan también los mayores, sobre todo las abuelas, apurando a los niños, y suenan los niños y adolescentes yapateranos llamándose a lo lejos entre sí. En la escuela también sonarán a lo largo del día unas cuantas verdades y unas cuantas mentiras, como la afirmación falsa pero indiscutible, repetida por profesores y profesoras, de que “Piura está ubicada en la costa”.

Junto con las mototaxis y los camiones que levantan polvo, suenan también desde temprano las carretas jaladas por “piajenos”, que aseguran el comercio al menudeo, en un traqueteo constante entre el pueblo y Chulucanas, hoy capital de la provincia. Suenan, también, las cotidianas acciones del trabajo agrario y ganadero –ganado caprino, vacuno, porcino, cada uno con sus propios ruidos–, al que los yapateranos le dedican sus mejores afanes a lo largo del día, hasta que empieza a caer la tarde.

Empiezan a sonar entonces las conversaciones acostumbradas entre los vecinos, con ese rumor de risas y de chanzas entre hombres y mujeres apoltronadas en sillas dispuestas alrededor de un algarrobo. Se prenden las luces de las escasas bodegas y vuelven a sonar las soñas y los niños, pero esta vez con nuevas modulaciones, con timbres distintos, menos ajetreados, menos agudos, cada vez más integrados a la noche oscura que llama al silencio.

Tal vez entonces algunas ancianas de Yapatera vuelven sus ojos pequeños y brillantes a la silenciosa casa abandonada, esa huella indeleble de la cooperativa fracasada, pero también a los rastros que dejaron en el paisaje la hacienda y los antiguos patrones. Suenan tal vez para sus adentros no precisamente las famosas cumananas que se anuncian en las paredes del pueblo y que, junto con los checos o calabazos de percusión, buscan construir la identidad yapaterana positivamente, desde el arte y la música. Suenan tal vez para sus adentros, más bien, los relatos de los mayores y las “mayoras” (así se dice en Piura, no es lenguaje inclusivo), hablando de los antiguos rigores de la esclavitud.

Al final de la increíble novela Canto de sirena, en el epílogo, Gregorio Martínez o Candelario Navarro (¡quién sabe!) recoge la voz de Maura Figueroa, una vecina vieja de Coyungo, diciendo: “Nadie sabe cuánto hemos sufrido, carajo”. Tal vez algo parecido a esa frase, pronunciada en otro polvoriento pueblo afroperuano, es lo que suena en la mente de los ancianos de Yapatera cuando la noche ha caído y se han callado las soñas.

Por: Franchesca Chacón Ochoa

Fotoperiodista y comunicadora socio-audiovisual

Fuente de la publicación: https://idehpucp.pucp.edu.pe/revista-memoria/portafolio/sonidos-de-yapatera/

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